Una mañana, un mediodía, una tarde
en Buenos Aires o en cualquier ciudad que nos pertenezca,
con alguien de la mano
o alguien de los ojos, con un violín en los oídos
paseando a nuestro lado; enamorados
de la vida, del otoño,
valseando en una callada avenida, colonialmente
quieta para nuestro deseo. Una mañana, un mediodía, una tarde
solamente, compartiendo el placer de compartir
amando el placer de amar; atemporales,
con alas de otro mundo, festivos,
sintiéndonos amados, mimados tocados por la magia
de un lugar que nos encanta,
como en un viejo cuento de hadas, con sus carruajes,
sus mediaslunas, sus vertiginosos desenlaces. Embriagados
tras los edificios con cristales transparentes
como nuestra alma
cuando danzamos solitarios, solidarios, con alguien
que se entremezcla en nuestro tiempo o en nuestra memoria
y nos sonríe en Buenos Aires, una mañana, un mediodía
un atardecer o en cualquier ciudad
que nos pertenezca.
(para leer escuchando la obertura “Ein Morgen, ein Mittag, ein Abend in Wien” de von Suppé)

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